NEXOS EN LÍNEA

Portada del sitio > Ciudad de libros > JUN06 > Merodear la locura * Guillermo Fadanelli

Merodear la locura * Guillermo Fadanelli

Enrique Vila-Matas: Doctor Pasavento, Anagrama, Madrid, 2005, 392 pp.

Lunes 29 de mayo de 2006, por Alex


He comenzado a escribir sobre esta novela, Doctor Pasavento, aún cuando me faltan algunas páginas para dar por terminada su lectura. No me preocupa, antes de que ponga punto final a este artículo habré concluido el libro. Desde hace tiempo me embarga la idea de que uno podría tardarse años leyendo una obra sin por ello descuidar su lectura. Concentrarse en cada párrafo, interpretarlo, imaginar lo que pudo haber sido, perderse en las habitaciones de un enorme hotel literario en apariencia abandonado. No todas las novelas permiten este deambular perenne, pero hay otras que incluso lo exigen. Si en la página 223 de una novela me encuentro con la siguiente cita de Kafka: “Un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura”, tendré entonces que tomar un descanso. El descanso es necesario porque un escritor que cita a otro escritor abre una nueva y desconocida habitación, lo que implica más polvo, más espacio que recorrer, más muebles a los cuales habituarse. Se me ha ocurrido que existen libros exclusivos para eremitas, libros que pueden tomarse como un largo retiro, no afuera sino dentro del mundo. Lo que antes creíamos encontrar leyendo un carretón de novelas, ahora lo presentimos hojeando durante meses un par de volúmenes. No es holgazanería, de ningún modo: lo que sucede es que los zapatos se consumen a tal grado que no permiten, como antes, caminar desde la periferia hasta el centro de la ciudad. Es así de sencillo: libros para los lectores cuyas suelas se han consumido recorriendo los caminos más desesperantes.

Doctor Pasavento es la novela más reciente del escritor español Enrique Vila-Matas. Se dice la novela más reciente como una muletilla informativa, pero en este caso es una frase del todo falsa porque lo que ha estado haciendo Vila-Matas es escribir un libro interminable del que apenas ha publicado cuatro volúmenes (los tres que anteceden a Doctor Pasavento son: Bartleby y compañía, El mal de Montano y París no se acaba nunca). Existe la posibilidad de que haya escrito más de cuatro volúmenes; no lo sé porque no soy experto en Vila-Matas (ni en ningún otro autor), pero si lo hubiera el hecho carece de importancia para esta breve crónica.

Como una manera de enfrentar al toro diré que el asunto fundamental de Doctor Pasavento es la desaparición, el recato de un escritor que después de bregar consigo mismo durante tantos años se da cuenta de que lo más conveniente para su persona es desaparecer; así que lo primero que hace este hombre es marcharse de su ciudad sin avisar a ninguno de sus conocidos (por supuesto tampoco a sus lectores quienes podrían pasar años sin notar que uno de sus escritores preferidos se ha perdido en algún lugar de la tierra). Cabe la posibilidad de que el personaje de la novela sea el mismo Enrique Vila-Matas, pero esto no se puede afirmar de ningún modo. Lo más probable es que lo sea a medias, una entidad literaria que oscila entre la carne y el concepto y que intenta mostrarse ante nuestros ojos como el doctor Pasavento. ¿Qué cosa es eso del concepto?, nada más que la burla, el juego, la estratagema que divulga la realidad de otra manera.

El personaje que se oculta en un hotel de la calle Vaneau en París, o viaja de incógnito a Suiza para seguir los pasos de otro escritor fallecido, hace lo que en teoría tendría que hacer toda persona sensata en este mundo revuelto: ver sin ser visto. La desaparición por exceso de ser, o por sentido de la belleza, o de la cortesía, el ausentarse como único rasgo auténtico de la sensibilidad se percibe, en Doctor Pasavento, como una necesidad incluso formal. ¿Pero cómo quiere desaparecer -se preguntará un listillo- o tratar el asunto de la desaparición un escritor que publica libros de 400 hojas? ¿Qué acaso no bastaría un lánguido diario íntimo o un puñado de aforismos publicados en una editorial pequeña? Por supuesto que no: una breve iluminación lógica nos dice que el escritor también puede ocultarse bajo un alud de palabras, o dejando señales falsas en el camino, o poniendo trampas en cada hoja de su novela.

Hacerse pasar como un doctor en psiquiatría, cambiar de apellido varias veces, o husmear a los otros por la mirilla de su propio interior, como hace el personaje del Doctor Pasavento, son recursos desesperados que tienen como fin darse un poco de descanso. Ser otro es un descanso cuando uno se ha hartado de sí. En consecuencia, el personaje de la novela viaja a Appenzelle, Suiza, en busca de los rastros de un escritor ya desaparecido, un héroe moral que por decisión propia permaneciera internado durante casi tres décadas en un manicomio. Estoy seguro que a un ser como Robert Walser la calificación de héroe moral le hubiera parecido repulsiva, así como se lo parecieron la fama, los honores, y el ruido vanidoso de los escritores célebres. A fin de cuentas Walser, como Kafka, deseaba seguir existiendo, pero sin ser molestado.

No quería sino pasear por los alrededores de Herisau para olvidarse de que alguna vez estuvo cerca de tener un lugar en el mundo: “Que los jóvenes hagan ruido ahora. Lo que me conviene es desaparecer, llamar la atención lo menos posible”. Estas palabras de Walser, dirigidas a un amigo durante uno de sus paseos en los alrededores del manicomio, son la obsesión, el motivo que ilumina las páginas de Doctor Pasavento.

Ahora que finalmente he concluido la novela -no el libro de infinitas páginas que es su fundamento- reviso las glosas o los comentarios que he escrito con lápiz durante los dos meses que me llevó su lectura. Una me ha llamado la atención por su despreocupada vulgaridad: con una letra diminuta, para estar a la altura, me he preguntado de dónde saca tanto dinero el atribulado doctor Pasavento para viajar por toda Europa. La pregunta, idiota por supuesto, puede responderse de un modo muy sencillo, basta que el autor del libro asegure que el personaje tuvo la suerte de heredar una fortuna por parte de un familiar que responde simplemente al nombre de la tía Pasavento.

Otro comentario que ha resaltado casi a mitad de la novela, acaso por su contundencia (aunque seguramente también es una aseveración idiota), es el siguiente: “Vila-Matas escribe filosofía, pero lo hace desde la literatura”. Acaso las citas abundantes, el merodeo especulativo, la pregunta acerca de los aspectos oscuros de las cosas, la escritura consciente de sí, el frondoso árbol de Porfirio que da sombra a tantas páginas, me han empujado a escribir un comentario semejante. Aún así no tengo ninguna duda de que esta novela sigue siendo novela, aventura narrativa y no ensayo, o tratado de filosofía. No digo que esta novela sigue siendo novela porque considere crucial hacer definiciones o marcar de manera precisa el límite de los géneros, sino porque sin gracia narrativa la literatura es poco menos que ciencia de las letras. Y esta gracia, sobra decirlo, acompaña la escritura de Vila-Matas hasta en sus más honestas digresiones.

Sea como doctor Pasavento, Pynchon o Ingravallo, el personaje de la novela decide ocultar su identidad y desaparecer de un medio que lo reconoce como el hombre de letras que debe responder a una fama que él mismo ha contribuido a crear. La pasión que le despierta Robert Walser es algo más que admiración por el genio o el mito del escritor pudoroso: es sobre todo conocimiento de sí mismo, espejo revelador, visión de un camino que es propio, cansancio metafísico. El doctor Pasavento cree ver lo mismo que ve Walser: un sociedad cada vez más idiota, escritores que ladran, ruido, escándalo que perturba la existencia de hombres que aman su soledad: “Me gustan en Walser su ironía secreta y su prematura intuición de que la estupidez iba a ir avanzando ya imparable en el mundo occidental...

Me gusta en Walser, por otra parte, su heroico afán de liberarse de la conciencia, de Dios, del pensamiento, de él mismo”. ¿Qué ha sucedido para que algunos escritores se propongan la desaparición, el no ser como el único fin al que se puede aspirar en estos tiempos? Acaso la contemplación desde un balcón invisible, el exilio voluntario son valores que se hacen cada vez más necesarios en una época de exhibición impúdica. “Que un escritor se convierta en alguien no hace sino degradarlo a la condición de limpiabotas”, dice Walser. “Hoy en día, a diferencia de antes que estaban desesperados y bebían absenta, los escritores malditos son aquellos a los que ya no cita nunca nadie”, dice Pasavento. Y finalmente: “Si uno busca el éxito sólo tiene dos caminos, o lo consigue o no lo consigue, y ambos son igualmente ignominiosos”, dice dos veces en la novela Imre Kértesz, citado por el doctor Pasavento.

Cuando al principio he dicho que Doctor Pasavento forma una sola obra al lado de las tres anteriores novelas de Vila-Matas, lo que sugiero es que una misma voz, o si se quiere una misma locura, visita todas estas páginas escritas así, como si nada. Se construye un mundo a nuestras costillas, ni duda cabe, un mundo que representa el guiño de todos los mundos posibles. Cada página es un túnel, o un vaso comunicante a otra página del mismo autor, que a la vez abre una puerta al pensamiento de otros escritores que dibujan la única realidad más o menos posible, la que se bosqueja en la imaginación con tanto sufrimiento.

No importa de qué tamaño o calidad sean las casas del pueblo literario construido por Vila-Matas, lo que sucede es que todas han sido levantadas en un terreno que esconde a su vez un enorme manto de petróleo. De este manto proviene la respiración del pasado, el susurro de la tierra, las palabras y todo lo que viene detrás (o adelante) de ellas. El doctor Pasavento puede estar tranquilo porque algunos lectores nos hemos dado cuenta de su desaparición, o más bien de su deseo de ocultarse. Y además, mala suerte para él, lo compartimos. n

Comentar este artículo


Seguir la vida del sitio RSS 2.0 | Mapa del sitio | Espacio privado | SPIP | esqueleto